domingo, 20 de junio de 2010

¿quién decís que soy yo?



Visita el artículo: Vicente Ferrer, un heroe desconocido. en Noticias.

El pasado domingo día 20 de junio vimos como Jesús nos preguntaba "¿quién decís que soy yo?"
Vamos a transcribir un trozo del libro de José Antonio Pagola "Jesús, aproximación histórica" que viene a colación del Evangelio del domingo.

¿QUIEN SOY YO PARA TI?

Según un relato evangélico, estando Jesús de camino por la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos qué se decía de él. Cuando ellos le informaron de los rumores y expectativas que comenzaban a suscitarse entre la gente, Jesús les preguntó directamente: "Y voso-tros, ¿quién decís que soy yo?"

Transcurridos veinte siglos, cualquier persona que se acerca con interés y honestidad a la figura de Jesús, se encuentra enfrentado a esta pregunta: "¿Quien es Jesús?". La respuesta solo puede ser personal. Soy yo quien tengo que responder. Se me pregunta qué digo yo, no qué dicen los concilios que han formulado los grandes dogmas cristo-lógicos, no qué explican los teólogos ni a qué conclusiones llegan hoy los exegetas e investigadores de Jesús.

Volver a Jesús. Esto es lo primero y más decisivo: poner a Jesús en el centro del cristianismo. Todo lo demás viene después. ¿Qué puede haber más urgente y necesario para los cristianos que despertar entre nosotros la pasión por la fidelidad a Jesús? Es lo mejor que tenemos en la Iglesia. Lo mejor que podemos ofrecer y comunicar al mundo de hoy.

No quiero creer en un Cristo sin carne. Se me hace difícil alimentar mi fe solo de doctrina. No creo que los cristianos podamos vivir hoy motivados solo por un conjunto de verdades acerca de Cristo. Necesitamos el contacto vivo con su persona: conocer mejor a Jesús y sintonizar vitalmente con él.

Todos tenemos un cierto riesgo de convertir a Cristo en "objeto de culto" exclusivamente: una especie de icono venerable, con rostro sin duda atractivo y majestuoso, pero del que han quedado borrados, en un grado u otro, los trazos de aquel profeta de fuego que recorrió Galilea por los años treinta. ¿No necesitamos hoy los cristianos conocerlo de manera más viva y concreta, comprender mejor su proyecto, captar bien su intuición de fondo y contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano?

Creer en el Dios de la vida. En estos tiempos de profunda crisis religiosa no basta creer en cualquier Dios; necesitamos discernir cuál es el verdadero. No es suficiente afirmar que Jesús es Dios; es decisivo saber qué Dios se encarna y se revela en Jesús. Me parece muy importante reivindicar hoy, dentro de la Iglesia y de la sociedad contemporánea, el auténtico Dios de Jesús, sin confundirlo con cualquier "dios" elaborado por nosotros desde miedos, ambiciones y fantasmas que tienen poco que ver con la experiencia de Dios que vivió y comunicó Jesús. ¿No ha llegado la hora de promover esta tarea apasionante de "aprender", a partir de Jesús, quién es Dios, cómo es, cómo nos siente, cómo nos busca, qué quiere para los humanos?

Qué alegría se despertaría en muchos si pudieran intuir en Jesús los rasgos del verdadero Dios. Cómo se encendería su fe si captaran con ojos nuevos el rostro de Dios encarnado en Jesús. Si Dios existe, se parece a Jesús. Su manera de ser, sus palabras, sus gestos y reacciones son detalles de la revelación de Dios. Se ve enseguida que, para él, Dios no es un concepto, sino una presencia amistosa y cercana que hace vivir y amar la vida de manera diferente. No es alguien extraño que, desde lejos, controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el Amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara y la fuerza más segura para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Vivir para el reino de Dios. Una pregunta brota en quien busca sintonizar con Jesús: ¿qué es para él lo más importante, el centro de su vida, la causa a la que se dedicó por entero, su preferencia absoluta? La respuesta no ofrece duda alguna: Jesús vive para el reino de Dios. No habla de Dios sin más, sino de Dios y su reino de paz, compasión y justicia. No llama a la gente a hacer penitencia ante Dios, sino a "entrar" en su reino. No invita, sin más, a buscar a Dios, sino a "buscar el reino de Dios y su justicia". Cuando pone en marcha un movimiento de seguidores que prolonguen su misión no los envía a realizar una nueva religión, sino a anunciar y promover el reino de Dios.

¿Cómo sería la vida si todos nos pareciéramos un poco más a Dios? Este es el gran anhelo de Jesús: construir la vida tal como la quiere Dios. Habrá que hacer muchas cosas, pero hay tareas que Jesús subraya de manera preferente: introducir en el mundo la compasión de Dios; poner a la humanidad mirando hacia los últimos; construir un mundo más justo, empezando por los más olvidados; sembrar gestos de bondad para aliviar el sufrimiento; enseñar a vivir confiando en Dios Padre, que quiere una vida feliz para sus hijos e hijas. Desgraciadamente, el reino de Dios es a veces una realidad olvidada por no pocos cristianos.

Seguir a Jesús. Jesús puso en marcha un movimiento de "seguidores" que se encargara de anunciar y promover su proyecto del "reino de Dios". De ahí proviene la iglesia de Jesús. Por eso, nada hay más decisivo para nosotros que reactivar una y otra vez dentro de la Iglesia el seguimiento fiel a su persona. El seguimiento a Jesús es lo único que nos hace cristianos. Es como empezar a vivir de manera diferente la fe, la vida y realidad de cada día. Creer en lo que él creyó; vivir lo que él vivió; dar importancia a lo que él se la daba; interesarse por lo que él se interesó; tratar a las personas como él las trató; mirar la vida como la miraba él; orar como él oró; contagiar esperanza como la contagiaba él.

Construir la Iglesia de Jesús. No todos los cristianos tenemos la misma visión de la realidad eclesial; nuestra perspectiva y talante, nuestro modo de percibir y vivir su misterio es, con frecuencia, no solo diferente sino contrapuesto. Jesús no separa a ningún creyente de su Iglesia, no le enfrenta a ella.

Quiero vivir en la Iglesia convirtiéndome a Jesús. Esa ha de ser mi primera contribución. Quiero trabajar por una Iglesia a la que la gente sienta como "amiga de pecadores". Una Iglesia que busca a los "perdidos", descuidando tal vez otros aspectos que pueden parecer más importantes. Una Iglesia donde la mujer ocupe el lugar querido realmente por Jesús. Una Iglesia preocupada por la felicidad de las personas, que acoge, escucha y acompaña a cuantos sufren. Quiero una Iglesia de corazón grande en la que cada mañana nos pongamos a trabajar por el reino, sabiendo que Dios ha hecho salir el sol sobre buenos y malos.

Vivir y morir con la esperanza de Jesús. Según los evangelios, al morir, Jesús "dio un fuerte grito". No era solo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. En el mundo hay un "exceso" de sufrimiento inocente e irracional. Quienes vivimos satisfechos en la sociedad de la a abundancia podemos alimentar algunas ilusiones efímeras, pero ¿hay algo que pueda ofrecer al ser humano un fundamento definitivo para la esperanza? Si todo acaba con la muerte ¿quién nos puede consolar? La resurrección de Jesús es para nosotros la razón última y la fuerza de nuestra esperanza: lo que nos alienta para trabajar por un mundo más humano, según el corazón de Dios, y lo que nos hace esperar confiados su salvación.

José Antonio PAGOLA. JESUS. PPC. 463-469 (Resumen)


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